Historia

La Delegación Coyoacán, ubicada en el corazón del Distrito Federal, es uno de los espacios emblemáticos de la ciudad de México. Después de la caída de Teno- chtitlán, Coyoacán se convirtió en un territorio de mestizaje y continuó siendo un importante enclave cultural que participó en la conformación de la nación mexicana. Coyoacán a lo largo de la historia fue punto de encuentro entre las tradiciones más arraigadas y el impulso de la modernidad. Por eso, Coyoacán ha sido en el último siglo un imán para los pintores, músicos, historiadores y poetas, y un punto de referencia obligatorio para numerosos visitantes del mundo entero.

Tenemos la certeza que el conocimiento de nuestro entorno y su historia es una herramienta básica para obtener una visión global de nuestra realidad, y su fo- mento fortalece una identidad que se expresa en la participación comprometida y la construcción de vínculos más estrechos y profundos entre los individuos, la co- munidad y el entorno. Queremos ofrecer un instrumento que, a manera de guía, permita ubicar las generalidades temáticas de una Delegación de gran riqueza, complejidad y tradición.

Una historia de coyotes

Topónimo y glifo

Es muy probable que el topónimo (nombre original de la población) y el glifo (representación gráfica prehispánica de la población) coyoacanense, hayan surgido entre los siglos vii y xii d.C. etapa en la que el sitio habría sido fundado, de acuerdo a los parámetros marcados por diversos historiadores y cronistas. Al respecto, Miguel León Portilla refiere en su texto descriptivo del códice de Tributos de Coyoacán, que el glifo ya se encontraba representado en un documento del siglo VII.

El vocablo Coyoacán es el resultado de una serie de transformaciones que en su escritura y pronunciación sufrió la palabra náhuatl Coyohuacan, de cuyo significado se tienen varias acepciones, entre las que destacan las siguientes:

Para Manuel Orozco y Berra, historiador, significa “coyote flaco”. Según Manuel Delgado Moya, historiador coyoacanense es el “lugar de los pozos de agua”. A juicio de José Ignacio Borunda, fraile historiador, es el “territorio de agua del adive o coyote”.

Chimalpahim menciona un topónimo pareado dos nombres juntos: Coyohuacan-Yecapixtla, con el cual de acuerdo a la interpretación que hace el cronista decano de Coyoacán, Luis Everaert queda asociado al dios del viento Ehecátl o con “el lugar de los que tienen las narices horadadas con metal blando ‘bezotes’”.1

La versión más aceptada es la que lo define como: “lugar de los que tienen o poseen coyotes”, basándose en la explicación del topónimo original, que se compone de tres voces nahuas: coyotl (coyote), hua (posesión) y can (lugar). Esta última definición es apoyada por otros historiadores como Cecilio Robelo, Manuel Rivera y Cambas y Antonio Peñafiel, aceptada incluso por el cronista coyoacano Luis Everaert, quien afirma que:

…siguiendo a León-Portilla, se justificaría la intromisión del coyote en el topónimo si se considera que, aparentemente, Coyoacán estaba consagrada a una de las más importantes deidades del panteón mexica, Tezcatlipoca (“espejo humeante”), cuyo nahual (facultad que se atribuía, principalmente a las deidades mesoamericanas de transformarse por las noches en animales para interactuar con los humanos) era precisamente, ese cánido depredador.2

Después de la llegada de Hernán Cortés y su ejército, el predicador franciscano Bernardino de Sahagún, proporcionó información que apoya esta tesis:

Hay en estas tierras un animal que se dice coyotl, al cual algunos de los españoles le llaman zorro, y otros le llaman lobo, y según sus propiedades a mi ver no es lobo ni zorro, sino animal propio de esta tierra, es muy belloso, de larga lana; tiene la cola gruesa y muy lamida; las orejas pequeñas y agudas, el hocico largo.3

Por otra parte, el jeroglífico coyoacanense representa a un coyote sentado visto de perfil, afilado, con la lengua de fuera y un círculo a mitad del cuerpo, por lo que durante mucho tiempo se pensó que hacía referencia a un coyote hambriento y sediento. Más tarde diversos investigadores explicaron que la lengua de fuera podría identificar a un coyote cansado y jadeante, dadas las cualidades de agilidad y velocidad que le son inherentes, y que el círculo que aparenta implicar hambre o vacío podría representar una señal para diferenciarlo de otros cánidos de la zona.

En los últimos años, varios especialistas en historia prehispánica han relacionado tanto al topónimo como al glifo coyoacanense con la abundancia de agua que caracterizó a la zona. Tal es el caso del etnohistoriador Enrique Rivas Llanos, quien propone una nueva acepción que hace referencia al “lugar donde existen abundantes manantiales, a partir de los vocablos coyotl (pozo de agua) y can (lugar) y explica que los pelos erizados del coyote están relacionados con un lugar en donde abunda el agua, dado el trazo con el que los antiguos tlacuilos4 representaban a los ríos y manantiales en los códices nahuas, y agrega: “el coyote aparece representado con un agujero central, lo que podría ser un pozo o manantial, que es más acorde con las crónicas de la época.”5

La primera herencia

Asentamiento preclásico

Gracias a los trabajos de investigación y salvamento arqueológico realizados en el sur de la ciudad, principalmente a principios del siglo xx, se ha podido determinar la existencia de grupos de habitantes asentados sobre terreno coyohuaque varios siglos antes de la era cristiana, conformando lo que Luis Everaert denomina “centros de población y ceremoniales”. El doctor Miguel León-Portilla refiere en la interpretación que hace del códice de Tributos de Coyoacán, localizado en el Archivo General de Simancas, España la existencia de Cuicuilco “en donde se erigió uno de los primeros y más importantes monumentos religiosos del horizonte preclásico”. Alberto Pulido, en su texto, Coyoacán historia y leyenda especifica que:

…los primeros datos sobre Coyoacán se refieren a los grupos preclásicos (850 a.C.); al establecerse los primeros habitantes del valle de México, el nivel del gran lago estaba por encima de los 2 240 metros de altitud, la zona suroeste de la cuenca tenía mayores precipitaciones y escurrimientos. Los primeros pobladores eran agricultores y buscaron zonas elevadas y libres de inundación como Copilco y Cuicuilco.6

Por otra parte, la antropóloga Patricia Ochoa Castillo, en su colaboración para el libro El Pedregal de San Ángel, de César Carrillo Trueba, expresa que “de los vestigios de cerámica rescatados se deduce que Cuicuilco se inició probablemente durante el Formativo Medio: –1000 a 600 a.C.– como una pequeña aldea que compartía la tradición de la cerámi- ca elaborada con arcilla de la cuenca de México…7 Esta autora asegura que “…también de Cuicuilco proceden las primeras representaciones de deidades con atributos reconocibles, como Huehuetéotl, dios del fuego, que siempre lleva sobre la espalda el bracero, hecho que puede interpretarse como el inicio de la religión institucionalizada…”8 lo anterior nos da idea de la importancia religiosa que tuvo esta región.

Copilco “lugar de Cópil” o “lugar de la corona señorial” y Cuicuilco “lugar donde se esculpen o hacen esculturas” o “lugar de cantos y danzas”, fueron centros de gran importancia social, económica, política, cultural y religiosa de la zona sur del valle de México; sus habitantes pueden ser considerados como los primeros coyoacanenses.

Los vestigios fúnebres encontrados cerca de Copilco, en los albores del siglo pasado, nos remiten a una civilización que ya hacía uso de sencillos instrumentos para la pesca, el cultivo y la recolección de frutos; tenía práctica en la alfarería y el hilado y, sobre todo, una sólida creencia cosmogónica acerca de la inmortalidad del alma, ya que en esas fosas de forma cilíndrica, además de esqueletos, se encontraron diversos objetos de uso personal como vasijas, armas y metales que habrían de acompañar al difunto en su viaje al más allá. Probablemente se traten de algunas de las primeras tribus que se volvieron sedentarias.

En el oriente los fundadores de Coyoacán fueron los colhuas, habitantes de Teocolhuacán, el antiguo Colhuacán “lugar de los culhuas” o “cerro corcovado”–, de acuerdo con Alberto Pulido, quien agrega que: “provenientes del norte concluyeron su migración hacia el valle de México, estableciéndose en el nuevo Colhuacán, en territorio que hoy se encuentra dentro de la demarcación de Iztapalapa”.11

Los restos arqueológicos hallados hace pocos años en la zona, confirman que ese territorio estuvo habitado antes de la erupción del Xitle por culturas arcaicas que conocían las ventajas del sedentarismo.

Resurge la vida sobre el mar basáltico

Señorío prehispánico

Varios siglos habrían de transcurrir para que la zona de Coyoacán, cubierta por innumerables capas de lava, fuera habitada de nuevo. Se cree que tras la erupción del volcán Xitle, los sobrevivientes huyeron hacia el norte y se mezclaron con los habitantes de la ribera del gran lago de Texcoco. Éste, al perder su embalse y retirarse las aguas, se fragmentó en cuatro cuerpos acuíferos y, dejó al descubierto una tierra muy fértil, la cual fue repoblada paulatinamente con la conformación primero de esporádicos caseríos y posteriormente, con el asentamiento de pequeños reinos o altepetl12 que luchaban entre sí por alcanzar la hegemonía de la zona lacustre; Coyohuacan fue uno de ellos, establecido como un pueblo sedentario.

Posteriormente, en el siglo vii (670 d.C.) los anales de la historia lo identifican como una de las poblaciones tributarias de Culhuacán, según lo refiere en su Memorial breve acerca de la fundación de Culhua- cán, Chimalpahin Cuauhtlehuanitzin. En ese período Coyohuacan nuevamente recupera su estatus de reino independiente hasta la llegada de los tepanecas (tribu nahuatlaca proveniente de Azcapotzalco), que nuevamente somete a los coyoacanos y los convierte en tributarios.

Como se puede observar, la historia de Coyoacán es sumamente rica, ya que se refiere a una región privilegiada por la naturaleza y a un sitio militar estratégico. León Portilla destaca:

…la considerable cantidad de códices y relaciones indígenas en donde aparece representado Coyoacán como un altepetl, connotación dada a los pueblos importan- tes de la época –códice Xólotl, el Azcatitlan, el lienzo de Cuauhtinchan o el códice Mendocino y de cró- nicas escritas por los primeros europeos llegados a la Nueva España, como Motolinía, Durán y Sahagún.13

Otra de las tribus que se estableció en el lugar fue la de los tepanecas. Las primeras tribus nahuatlacas –“gente que se explica y habla claro”, nos cuenta Jesús Romero, llegaron al valle de México en el siglo xi d.C., precisamente por la misma época en que se dispersaba el pueblo tolteca, cuya poderosa monarquía había tenido como asiento la ciudad de Tula. En Azcapotzalco, al noroeste del México antiguo, se instaló una de esas siete tribus nahuatlacas (algunos historiadores refieren seis y otros ocho): los tepanecas, gentilicio de los que “se encuentran sobre la piedra”.

Tezozómoc, señor de Azcapotzalco, dio a Coyoacán el rango de ciudad en 1410, “designando como señor a uno de sus hijos, Maxtla, fiero y sanguinario enemigo de los mexicas”, asegura Luis Everaert Dubernard. Salvador Novo, por su parte, cita la Séptima relación del cronista Chimalpahim para explicar este acontecimiento:

Año 9 conejo, 1410. Dicen los coyohuaques que este fue el año en que Maxtlaton fue instalado como señor, primero que hubo en Coyohuacan […] príncipe de sangre tepaneca […] pues hasta entonces solamente habían tenido gobierno militar”.14

Maxtla gobernó esta entidad aproximadamente 16 años, tiempo que aprovechó para infligir una serie de humillaciones y castigos a los mexicas, quienes soportaron el yugo con aparente resignación pero, según Jesús Romero, “la relación de dependencia con Azcapotzalco sirvió a los mexicas para adiestrarse en el oficio de la guerra y tomar conciencia de su capacidad y valor extraordinario en los combates”.15

Años después, cansados también de la tiranía tepaneca, la gente de Texcoco y Tlacopan se unió a los de Tenochtitlán y conformó lo que históricamente se conoce como la Triple Alianza:

Un año 1 Pedernal, 1428 fueron conquistados los de Azcapotzalco […] Maxtlaton (Maxtla), tras la pérdida de la capital tepaneca, huyó a sus antiguos dominios de Coyoacán. Allí, una vez más, las fuerzas de los mexicas lo asediaron hasta infligirle la más completa derrota”,16

Según consta en la Crónica Mexicáyotl. Los coyohuacas sobrevivientes fueron sometidos como tributarios a sus eternos enemigos, los mexicas.

En esa época –alrededor de 1502– tuvo lugar una de las grandes inundaciones que sufrió Tenochtitlán, cuando el monarca Ahuizotl se empeñó –contra la voluntad del señor de Coyoacán, Tzutzumatzin–, en desviar las aguas del sistema de manantiales Acuecuechco o Acuecuexco para dotar del vital líquido a la capital mexica. Fue tal la cantidad y la presión del torrente, que provocó no sólo que la ciudad se inundara, sino también, indirectamente, la muerte de Ahuizotl, quien se golpeó la cabeza, al ser derribado por la fuerza del agua. Dice la leyenda que Tzutzumatzin tenía dotes de brujo, que lanzó una maldición contra el emperador y que predijo su dramática muerte.

El Coyoacán prehispánico se desarrolló a lo lar- go del camino que iba de Churubusco a Chimalistac, en el cual desembocaban dos vías diagonales: una desde Mixcoac, otra desde Tenochtitlán. Al hablar de su arquitectura y su arte indígena, Luis Everaert destaca que “durante el dominio tenochca se edificó el centro ceremonial del cerro de Zacatépetl ‘lugar del zacate’, conjunto dedicado a un ritual religioso- deportivo relacionado con la cacería”, y que los habitantes “tenían fama de haber sido los mejores talladores de la piedra de mejor calidad del valle de Anáhuac, la de El Pedregal.”17

El cronista cita como ejemplo, los monolitos basálticos ubicados en la Sala Mexica del Museo Nacional de Antropología: el Calendario Azteca, la diosa Coatlicue y la piedra de Tizoc. Hans Lenz confirma esta tesis cuando asegura que: “Motecuhzoma II, Tlatoani XVIII mexica, mandó trasladar a su capital la fa- mosa piedra de los sacrificios de un humilde barrio perteneciente a Coyoacán, llamado Tenatitla ‘lugar cerca de la barrera muralla de piedra’, antaño dentro de la jurisdicción coyoacanense, hoy perteneciente a Álvaro Obregón”.19

Al iniciar el siglo xvi la gran Tenochtitlan esta- ba gobernada por Moctezuma Xocoyotzin, mientras que Coyoacán por el rey-brujo Tzutzuma (Tzutzu- matzin); ambos personajes, cada cual desde su propio reino, fueron testigos de uno de los más grandes acontecimientos de la historia de Mesoamérica: la llegada de Hernán Cortés y su ejército.

Avatares y devenir de la primera capital de la Nueva España

La vida durante el Virreinato

A su llegada a Tenochtitlán, Cortés contaba con 33 años de edad. Era un hombre impetuoso y decidido, culto y con grandes dotes de liderazgo. Los naturales del lugar lo confundieron con Quetzátcoatl, el dios- sol, que de acuerdo a una antigua profecía del universo mesoamericano, habría de retornar para conducir a su pueblo a los más altos niveles religiosos, culturales, políticos y guerreros de la época. Según Luis Everaert, la historia de la zona contiene tres hitos:

Un drama de la naturaleza, la erupción del volcán Xitle, arrasó una parte del universo antiguo en Coyoacán. Un drama humano, la Conquista, marcó la destrucción del mundo mesoamericano con la toma de la grandio- sa Tenochtitlán. Y un tercer drama, el nacimiento jurídico del México mestizo y colonial, tiene lugar con la fundación de su primera capital en Coyoacán.20

Para Salvador Novo “puede decirse que la historia de Coyoacán empieza cuando acaba la de Tenochtitlán 21. Así de importante es el papel histórico que le tocó desempeñar a esta jurisdicción, donde tuvo lugar el surgimiento de un nuevo país, amalgamando costumbres, tradiciones, culturas y formas de gobierno indígenas y españolas.

Según el cronista y soldado español, Bernal Díaz del Castillo, a la llegada de los conquistadores a tierra coyoacanense una vez vencida y devastada la majestuosa capital mexica en 1521–, la región estaba conformada por seis mil casas, construidas mitad en tierra y mitad en agua, en alusión a las chinampas que era frecuente ver en las márgenes de los lagos.

Dada la ubicación geográfica, estratégica y política que representaba la zona; las virtudes de su clima y de su tierra; la belleza de sus paisajes; sus abundantes ojos de agua, manantiales, huertos y sembradíos de vegetales; sus plantas comestibles y flores multicolores; y por tratarse de una zona lacustre ubicada a pocos kilómetros de la ciudad capital, Hernán Cortés sentó en esta zona su cuartel militar.

En este territorio el capitán español redactó su célebre “Tercera carta de relación” dirigida a Carlos V, así como una serie de disposiciones para la pacificación de las zonas en conflicto, la conquista de nuevos territorios y su organización administrativa.

Así describe Hernán Cortés su llegada a esta zona:

Y a las diez del día llegamos a la ciudad de Cuyoacán, que está de Suchimilco dos leguas, y de las ciudades de Temixtitá, y Culuacán, y Uchlubuzco, e Ixtapalapa y Cultaguaca y Mizqueque, que todas están en el agua, la más lejos de éstas está una legua y media, y hallámosla despoblada…22

También fue aquí donde fueron torturados Cuauhtémoc y los otros cuatro grandes señores de los pueblos vencidos: “El primero Cuauhtémoc, se- ñor de Tenochtitlan, el segundo Tlacotzin, el Cihua- cóatl, el tercero Oquiztzin, señor de Azcapotzalco Mexicapan, el cuarto Panitzin, señor de Ecatépec, el quinto de nombre Motelhuihtzin, mayordomo real, éste no era príncipe, pero era un gran capitán de la guerra”, –de acuerdo a la crónica de Chimalpahim–23 El propósito era que confesasen dónde estaba escondido el oro y las joyas de Tenochtitlán. También fue aquí donde se inició la traza de la nueva ciudad, que habría de erigirse sobre las ruinas de lo que fuera el más floreciente de los imperios mesoamericanos, y cuyos trabajos fueron encomendados al jumétrico24 Alonso García Bravo, arquitecto nacido en Ribera del Fresno, España, y a quien Hernán Cortés encomendó la traza de la nueva ciudad de México.

Sobre este territorio se instauró el primer ayun- tamiento del altiplano y segundo de tierra firme –el primero se instaló en la Villa Rica de la Veracruz–; esta figura jurídica establecía la integración de una autoridad civil colegiada para gobernar al nuevo territorio. Al mismo tiempo le otorgó rango de primera capital de la Nueva España. El emperador español, Carlos V, en pago a los méritos obtenidos por la conquista de Tenochtitlán, otorgó a Cortés los nombramientos de juez, gobernador, justicia mayor y capitán general de la Nueva España.

De acuerdo con las leyendas de aquella época, fue en territorio coyoacanense en donde el capitán Cortés asesinó a su primera esposa, doña Catalina Xuárez Marcayda; ahí también cohabitó con doña Marina, también conocida como Malinalli, Malintzin o la “Malinche”–, una de las figuras femeninas más fuertes y trascendentales de la historia nacional.

A su llegada a Coyoacán, Cortés contó con el apoyo del cacique indígena Ixtolinque, quien al ser bautizado bajo la fe cristiana, adoptó el nombre de Juan de Guzmán Ixtolinque. Este hombre, dueño de una gran cantidad de tierras, fue un personaje importante en la labor de los frailes evangelizadores, ya que apoyó todo tipo de obras y fiestas religiosas de corte católico, y cedió terrenos para la construcción de diversos inmuebles religiosos, entre los que destaca la parroquia de San Juan Bautista.

Una vez trazada y reconstruida la ciudad de México y designada como capital de la Nueva España, Cortés abandonó Coyoacán en 1523. El 6 de julio de 1529, la corona española le otorgó el título de marqués del Valle de Oaxaca al capitán extremeño y le proporcionó para su uso personal una enorme extensión de tierras, entre las cuales se encontraba Coyoacán, que de esa forma obtiene el rango de cabecera del marquesado.

Al iniciar el año de 1524, Coyoacán cae en un profundo letargo en la vida administrativa y civil, más no en la religiosa. Encabezados por fray Martín de Valencia, llegaron a este territorio doce frailes franciscanos a predicar la fe cristiana; tiempo después se presentó la orden dominica. Ambas órdenes permanecieron simultáneamente en esta jurisdicción, alternándose en la labor de catequesis; los franciscanos se asentaron definitivamente en Coyoacán al iniciar el siglo XX.

Para 1550, los predicadores dominicos habían concluido en la villa de Coyoacán la construcción –iniciada por los franciscanos alrededor de 1527– de un típico conjunto conventual novohispano, inte grado por un gran atrio, una capilla abierta o capilla de indios, cuatro capillas,  25 posas, una cruz atrial, un claustro y una parroquia con tres arcos de acceso, esculpidos en estilo plateresco, al que dieron como advocación la imagen y el nombre de San Juan Bautista. Mientras tanto, en Churubusco los dieguinos descalzos rama de la orden franciscana– habían levantado otro importante inmueble religioso, dedicado a Santa María de los Ángeles.

Coyoacán era en aquellos tiempos la población más cercana a la ciudad de México, en relación con otros pueblos adyacentes. Limitaba al occidente con la Sierra de las Cruces, y al sur con el pueblo del Ajusco. Sus dependencias abarcaban, nos dice el doctor León- Portilla–, la región de San Agustín de las Cuevas, hoy Tlalpan; Tenanitla (San Ángel), Mixcoac y Tacubaya. En 1560, le fue asignado el rango de Corregimiento o Alcaldía Mayor, organización de corte administrativo que dictaba los cánones para el nuevo sistema de gobierno y recaudación tributaria ideado por la corona española. El 24 de julio de 1561, Felipe II le otorgó el escudo de armas que la identifica como villa.

Entre los siglos XVI y XIX, Coyoacán vio incrementado considerablemente su territorio, gracias a la anexión de lugares como Churubusco “lugar de Huitzilopochtli” y Culhuacán. En el siglo xx, al de- limitarse nuevamente el territorio capitalino, la mayor parte de Culhuacán quedó ubicado dentro de la demarcación de Iztapalapa, y la zona restante conformó lo que en la actualidad conocemos como Los Culhuacanes de Coyoacán.

Durante la época virreinal, en Coyoacán abundaron los obrajes, haciendas y conventos; su población estaba integrada por indígenas, españoles, mestizos, castizos y pardos (mulatos), entre otros. Las condiciones geográficas de la zona eran las más propicias para el cultivo de maíz, haba y cebada, la horticultura, la floricultura, el pastoreo de ganado vacuno, y oficios como el de tlachiquero y arriero. Además de la actividad agrícola, empezaron a practicarse otros oficios como la carpintería, albañilería, sillería, sas- trería, herrería y panadería.

Coyoacán una villa esplendorosa

Vida moderna

Contaba Francisco Sosa que “la guerra de restauración republicana hizo que Coyoacán quedase abandonada casi por completo, llegando a ser vista con horror allá por 1870 […] ya que su proximidad a los montes la hacía objeto de merodeadores y asaltantes…”33, mientras que Aceves menciona la presencia de innumerables cantinas en la región como otro de los motivos de la decadencia del lugar:

Las pulquerías eran metafóricamente hablando territorio indígena y estaban presentes en todos los pueblos y barrios de la municipalidad […] a las autoridades y a los comerciantes fuereños, les inquietaba sobremanera las costumbres y liviandades propiciadas, a su parecer por las pulquerías. A ellas y a los maleantes les echaron la culpa de que Coyoacán decayera como lugar de recreo y veraneo a mediados del siglo xix…34

Puede afirmarse que a partir de 1890, con la fundación de la colonia Del Carmen en terrenos de la fraccionada hacienda de San Pedro Mártir, empieza a invadir a Coyoacán un aire de modernidad y un inusitado crecimiento demográfico, con el que comienza a recuperar el esplendor de otras épocas. Coyoacán, expone el mismo Aceves,

Preservó el aire campirano y albergó algunos de los eventos sociales del régimen porfiriano que exaltaban

la belleza natural y el oropel social […] el ayuntamiento y sociedades anónimas organizaron varias ferias y exposiciones de flores de ornato, peces, frutas y ganado (ésta última se llevaba a cabo en el espacio en el que posteriormente y hasta hace poco se levantó la fábrica de Papel Coyoacán la cual, por cierto, a partir de 1926 constituyó la primera oportunidad de trabajo fabril para un gran número de obreros en Coyoacán).35

José Juan Tablada, citado por el mismo Ace- ves, asegura que también se “puso de moda su club campestre (el México Country Club) y su tiro de pichón, sus bailes al aire libre y sus famosos tianguis de cada viernes, bajo los fresnos centenarios de la plaza pública.”36

En los albores del siglo xx, surgieron también otros grandes conglomerados habitacionales en Coyoacán. Dice Aceves:

La ampliación de la colonia Del Carmen (1905), la colonia Parque San Andrés (1906) y el Barrio de La Con- cepción (1907). Sin embargo su desarrollo aún es paulatino, por lo que para 1910 la villa continuaba conectada al centro de la ciudad de México y a pueblos como el de San Ángel a través de caminos de hierro y terracería: las calles asfaltadas eran pocas y la mayor parte de su territorio presentaba un marcado aspecto rural.37

Como hechos destacados de esa época, Luis Eve- raert señala la inauguración en 1911 del Sanatorium del eminente médico (aunque controvertido político) Aureliano Urrutia y la muerte, en 1913, de Belisario

Domínguez. Este férreo opositor de Victoriano Huerta, murió desangrado a causa de que –según afirman algunas fuentes históricas le fue cercenada la lengua por Urrutia en el viejo panteón de Coyoacán ubicado a un costado de lo que hoy son Los Viveros.

Muchos historiadores coinciden en afirmar que en 1914 Coyoacán fue invadido por las tropas zapatistas para, desde ahí, preparar la toma de la ciudad de México. Aceves, por ejemplo, asegura que “en Coyoacán […] tuvieron presencia y acamparon en la zona inmediatamente después de haberse firmado el Pacto de Xochimilco entre Villa y Zapata. Entre otros lugares, parte de la tropa zapatista se instaló en el exclusivo club campestre…”,38 mientras que Everaert agrega que “los zapatistas alternan su presencia con la de los constitucionalistas”.39

Otro factor importante que contribuyó a acrecentar el interés de los visitantes por acudir a Co

yoacán fue la inauguración, el 27 de septiembre de 1921, del Jardín del Centenario: otrora extenso atrio de la parroquia de San Juan Bautista, primero, y después improvisado cementerio durante la peste de cólera que azotó a la ciudad en 1800.

Más tarde, con los diversos gobiernos posrevolucionarios que se sucedieron, la ciudad se vio envuelta en grandes transformaciones que, por supuesto, alcanzaron a Coyoacán. Uno de ellos fue la inauguración en 1926 de la calzada México-Coyoacán, antiguo Camino de Cortés, según afirma Aceves.40

Aún así, en la década de los treinta, sus grandes y magníficas haciendas, sus extensas zonas ejidales y sus innumerables ranchos y pueblos proporcionarían a Coyoacán un aspecto semirural, donde la presencia campesina de comuneros y ejidatarios era incuestionable.

La existencia de ojos de agua, manantiales, arroyos y pozos; sus extensas zonas jardinadas y la magnífica reserva forestal que constituye Los Viveros (creados en 1907), así como la gran cantidad de construcciones arquitectónicas dueñas de una enorme riqueza histórica y cultural, fueron los elementos determinantes para que a través de un mandato presidencial–, Coyoacán fuera distinguida con el primer decreto patrimonial de Zona Típica y Pintoresca, el 5 de octubre de 1934. Al finalizar ese año, tuvo lugar en la villa uno de los acontecimientos más oscuros de su historia: el enfrentamiento, en el atrio parroquial de San Juan Bautista, entre fieles católicos que salían de misa aquel mediodía del 30 de diciembre y una fracción del grupo anticlerical denominado “Los camisas rojas”, que tuvo como saldo seis personas muertas.

En la década de los cuarenta se inició el actual desarrollo urbano de Coyoacán. Se fraccionaron varias haciendas como la de Xotepingo, y se crearon las colonias Ciudad Jardín, Xotepingo y El Reloj. La colonia Del Carmen fue dotada con la totalidad de los servicios urbanos; se abrieron las avenidas Mi- guel Ángel de Quevedo, Universidad y Pacífico, y al ser entubado el río Churubusco surgió la avenida del mismo nombre.

Ese crecimiento precipitado y desmedido provocó que las zonas más desprotegidas y alejadas como los pueblos ubicados en su periferia: Los Reyes, La Candelaria, Santa Úrsula o San Pablo Tepetlapa, vivieran uno de los primeros desastres ambientales de la zona. Sucedió al secarse los ma- nantiales Acuecuexatl (Acuecuexco), Xochicayapa, Tlatipilooca, Temomusco y Misconco, y los ojos de agua Momoluco o de Los Camilos y Atlilliquecan, como resultado indirecto de la apertura de la central de bombeo de agua potable en Xotepingo para dotar de agua al centro de la ciudad, según rememora José Luis Aguilar en Coyoacán de mis recuerdos.41

Otras transformaciones que sufrió Coyoacán son las referidas por Aceves:

“…la categoría hacienda, rancho y colonia agrícola desaparecen paulatinamente del censo y espacio geográfico de Coyoacán […] aparecen otros nuevos espacios de vivienda: colonias residenciales, unidades habitacionales, multifamiliares, fraccionamientos”

y, más aún, provocó “que la población rural decrecie- ra hasta reducirse al mínimo.”42

En los cincuenta también –agrega el autor antes citado– “se intensifican las obras de ampliación de las vías de comunicación y se urbaniza la mayor parte del área norte de la Delegación, siguiendo el camino a San Ángel al oeste y al sur hacia Tlalpan.”43 La construcción de la Ciudad Universitaria en la zona del Pedregal, inaugurada en 1954, vino a incrementar el flujo poblacional de Coyoacán y a propiciar la creación de nuevos centros urbanísticos como las unida- des habitacionales de Copilco, Universidad-Copilco, Pedregal de Carrasco, Pedregal de Maurel e Integración Latinoamericana, entre otras.

Por otro lado, su aire colonial y su arcaísmo, atrajeron a grupos de intelectuales, artistas y políticos, como Diego Rivera, Frida Kahlo, José Clemente Orozco, Pablo O’Higgins, José Chávez Mora- do, Vicente Rojo, Aurora Reyes, Concha Toussaint, Juan O’Gorman, Antonio Castro Leal, José Juan Tablada, Salvador Novo, José Luis Cossío (investigador e historiador y primer delegado de Coyoacán), Dolores del Río, Emilio “Indio” Fernández, Rafael So- lana, Enrique González Rojo, Emmanuel Carballo, Augusto Monterroso, Luis Cardoza y Aragón, Jorge Ibargüengoitia y Fernando Benítez. También llegaron actores del escenario político internacional, asilados como el bolchevique León Trotsky (quien fue asesinado en su casa de Coyoacán en 1940) o el ex rey Carol, de Rumania.

En 1972, una gran parte del centro de la jurisdicción fue decretado como zona histórica; en 1990, ante su crecimiento humano, urbano y comercial desaforado, el presidente de la República lo decretó como Zona Monumental Protegida.

En el centro de esta jurisdicción, entre las avenidas Universidad, México Coyoacán, Melchor Ocampo y Guillermo Pérez Valenzuela, con cerca de 40 hectáreas de extensión y una enorme variedad de árboles y plantas, se encuentran los Viveros de Coyoacán; no es presuntuoso considerar a esta región forestal como uno de los pulmones más importantes de la ciudad de México. Su creación en 1907, se debe al esfuerzo realizado por Miguel Ángel de Quevedo, conocido con justicia como el “Apóstol del Árbol”. Este personaje no sólo realizó las gestiones adminis- trativas necesarias, sino que también donó parte de los terrenos para su ubicación; en diversos momentos, otros predios fueron comprados por el gobierno capitalino para acrecentar sus dimensiones.

Durante muchos años, fue el único vivero forestal del país, y su producción estaba destinada prin- cipalmente para especies y tamaños adecuados para la plantación de bosques en producción y terrenos que eran necesario reforestar. Por su importancia, y a través de un decreto presidencial en 1938, Los Viveros fueron declarados Parque Nacional. Hoy en día constituyen un importante centro de reforestación, y un punto de reunión para las actividades recreativas de cultura física y ecológica.

El Parque Xicoténcatl es otra de las áreas verdes importantes del centro de Coyoacán. Se ubica entre

Río Churubusco, Tlalpan, División del Norte y la calle que le da nombre. Según información provenien- te de la unam: “inicialmente fue un sembradío de milpa y un arenal del que se sacaba material para la construcción…”;44 después, y hasta los años cincuenta, era el jardín de una finca que fue propiedad de la familia Requena; en esa década fue adquirido por el gobierno federal para convertirlo en parque público, centro de reunión familiar y de atletas que ahí realizan su entrenamiento físico. Este vergel posee una importante variedad de árboles, arbustos y plantas, andadores, calzadas y kioscos para fiestas infantiles.

En las últimas décadas, Coyoacán no solamente continuó con su crecimiento urbano, sino que tuvo que dar pronta respuesta a la creciente demanda de servicios culturales, recreativos y deportivos de la comunidad. Por tanto se abrieron al público inmuebles culturales como las casas “Jesús Reyes Heroles”, “Ricardo Flores Magón”, “Raúl Anguiano”, “Foro Ana María Hernández”, “El Reloj”, el Centro Cultural “Benemérito de las Américas” y, próximamente, el Centro de las Artes “Santa Úrsula”; los espacios recreativos y deportivos como el monumental “Parque Huayamilpas” y la Alberca Semiolímpica “Bicentenario de Benito Juárez García”, así como extensas áreas verdes como la “Alameda del Sur”. Es importante destacar que esta demarcación es una de las pocas del Distrito Federal que cuenta con un Centro de Investigación y Documentación Histórica y Cultural (Cidhcc), que se encarga de documentar y difundir el acervo histó- rico, cultural y tradicional de esta jurisdicción.

Patricia Safa ofrece un retrato de lo que hoy en día identifica a Coyoacán como uno de los espacios más representativos del Distrito Federal, y un punto de reunión de miles de visitantes:

Coyoacán posee una identidad urbana que lo distingue como un lugar con historia que se aprecia por ser espacio de cultura y educación, morada de inte- lectuales, artistas, personajes y políticos. Los historia- dores locales también lo nombran como “la provincia de México” que atrae a visitantes locales, nacionales y extranjeros por su arquitectura colonial y su ofer- ta cultural y de esparcimiento… [y porque] posee un centro histórico… que le permite distinguirse de otros lugares de la ciudad.45

Sin duda, Coyoacán es una villa esplendoro- sa, un conjunto plurifacético en donde conviven su centro histórico, sus nuevas colonias y sus pueblos ancestrales.